martes, 4 de mayo de 2010

De espaldas

Cuando todo había terminado él pensó que dormías pero vos, sabiendo que no fue una decisión dictada por tu cabeza, de espaladas y con lo ojos cerrados, no contestaste a su adiós, no reaccionaste a su beso en el hombro.
Algunas de tus lágrimas mojaron la almohada ¿arrepentida? No, no estabas arrepentida porque por una vez habías hecho lo que sentías, por una vez no habías dejado vencer a tu No.
Pensaste en todas las mujeres que en una situación parecida a la tuya temían el día después, la hora siguiente, el próximo momento en que tenían que levantarse y hacer como si nada hubiera ocurrido, porque lo que sucedió, y vos lo sabías, no iba a modificar nada, nada volvería a lo de antes.
Eso fue lo que no quisiste escuchar cuando él se abrochaba la camisa o se calzaba los zapatos, la explicación que siempre está de más.
Mejor sería que callen, que no digan nada, que aunque te muestres despierta elijan el silencio, el beso en el hombro, la sonrisa, el adiós.
Tuviste mucho miedo que dijera lo que no querías escuchar.
Cuando la puerta se cerró, otra lágrima mojó la almohada, y volviste a jurar que ésta sería definitivamente la última.

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