sábado, 13 de julio de 2013

Los relatos de la memoria y la construcción de las subjetividades. Relaciones posibles entre lo personal, lo público y lo histórico. El caso de La casa de los conejos




Resumen:
El siguiente escrito intentará trabajar con el concepto de memoria individual y colectiva y ver de qué manera la misma se registra en diferentes críticos como así también el la novela La casa de los conejos de Laura Alcoba.

¿De qué hablamos cuando hablamos de memoria?
A partir de la lectura de La Capra podemos decir que la memoria del trauma de las víctimas se representa bajo un género narrativo que será el testimonio. Esa narrativa tratará de asignarle coherencia y sentido a las experiencias traumáticas. La forma de género “Testimonio” contribuye a la creación de la memoria histórica que pasa de ser personal a ser pública y colectiva, estableciéndose así distintas relaciones entre el testimoniante con su memoria y el historiador que es quien indaga en la memoria ajena.
El problema principal que se plantea es cómo escuchar ese exceso de la experiencia social, esa remota voz del testigo.
La Capra presenta los trabajos de  Dori Laub y Shoshana Felman sobre el testimonio de sobrevivientes del Holocausto como un ejemplo. Para Laub y Felman, las experiencias traumáticas generan una dificultad para comprender lo que ocurrió, las razones por las que ocurrió y las consecuencias que la ocurrencia tiene. Esa dificultad para conocer el evento demanda simultáneamente una aproximación que de cuenta y atestigüe el desconcierto y el sufrimiento de las víctimas; y no se detenga exclusivamente en la necesaria “veracidad histórica”  que sostienen los historiadores ya que los testimonios son las “experiencias de los hechos” coincidan o no con la precisión de los mismos.
La Capra señala que hay dos maneras de recordar; la primera revivir el pasado sin control en donde la temporalidad será una sola; y la otra cuando el pasado se vuelve accesible por medio de la evocación, proceso que abre la posibilidad de reelaboración del mismo, un estar aquí y allá al mismo tiempo  y ser capaz de distinguirlo sin dicotomizarlos, es decir, recordar sin perder la noción que se vive y se actúa en un aquí y ahora “Esta dualidad (o doble inscripción) del ser es fundamental para la memoria como elementos de repaso y de elaboración” (La Capra 2005: 109)
“¿Recordar para qué?” es lo que se pregunta Todorov en Los abusos de la memoria, con relación a los procesos de constitución de la misma. A partir de esta pregunta marca dos caminos posibles: a uno lo llama la memoria literal,  que es la que permite que el pasado rija el presente, es decir vivir continuamente el pasado en lugar de integrarlo al presente, de esta manera el pasado es sacralizado y se vuelve estéril, y al otro memoria ejemplar, donde el pasado se toma como principio de acción para el presente.
En la novela que nos ocupa,  La casa de los conejos de Laura Alcoba, se va construyendo la memoria por el segundo de los dos caminos antes planteados, el de la memoria ejemplar. Se narra esa identidad, a través de la selección y el ordenamiento de la memoria, de los sucesos y de los recuerdos: Una construcción histórica e ideológica. También se presentan algunos detalles referenciales comprobables como por ejemplo el testimonio Los del ‘73. Memoria montonera, que incluye una nota de La Gaceta sobre el enfrentamiento armado en La Plata, en el lugar donde vivó Alcoba en la clandestinidad con su madre en 1976 o la referencia a la actual función de la misma casa, en la que desde 1998 reside la Asociación Anahí fundada por Chicha Mariani.
 Una vez reestablecido el pasado, la pregunta para pasa a ser ¿para qué puede servir, con qué fin (se recuerda)? (Todorov 2000: 33)
La respuesta puede ser que un sujeto que viviera exclusivamente en el presente, o en un futuro soñado, sin detenerse a recordar su pasado, no sabría quién es.
Por otro lado, es importante recalcar que la representación de ese pasado constituye  no solo la identidad personal sino también, la colectiva, ya que la memoria es un elemento constitutivo de la propia identidad.
Por otro lado, las tres dimensiones de la temporalidad  como inseparables ya que sin memoria del pasado, no es posible ningún conocimiento comprensivo del presente, y ningún proyecto consistente y realista para el futuro. Esta relación de condicionalidad que tienen para nosotros las tres instancias del tiempo podemos también leerlas hacia atrás, es decir, en la dirección inversa, ya que siempre interpretamos y juzgamos el presente desde los intereses con relación al proyecto de futuro, instancias temporales que condicionan, a su vez, la rememoración selectiva que hacemos del pasado. La memoria es frágil y está sometida también a la contingencia de la temporalidad y a las deformaciones intencionales, o a las políticas del olvido.  Pero, como se pregunta Todorov: ¿para que puede servir la memoria, para qué recordar?
La respuesta a ésta pregunta podemos encontrarla  al comienzo del libro de Alcoba, ya que la novela comienza cuando queda claro para qué recordar.
En la novela La casa de los conejos la protagonista, antes de iniciar el relato, dice que se decide contar la historia porque a menudo piensa en los muertos, pero que el motivo más potente para esa decisión es que ahora sabe que no hay que olvidarse de los vivos. “Más aún: estoy convencida de que es imprescindible pensar en ellos. Esforzarse por hacerles, también a ellos, un lugar” (Alcoba 2008: 12) y agrega que ese esfuerzo por recordar es también para ver si consigue olvidar un poco. Ese “olvidar” es resolver, dejar dicho, cerrar una historia. Ese “olvidar” incluye la tranquilidad de haberlo recordado todo, “… no es tanto por recordar como por ver si consigo, al cabo, de una vez, olvidar un poco”. (Alcoba 2008: 12)

Hablemos un poco del olvido:
Siguiendo a Ricoeur podemos distinguir dos niveles de profundidad respecto al olvido. El nivel más profundo, éste se refiere a la memoria como inscripción, retención o conservación del recuerdo y  el nivel manifiesto que se refiere a la memoria como función de la evocación o de la rememoración;  lo que encontramos en la novela de Alcoba.
El nivel profundo puede referirse a dos polos antagónicos. En uno de esos polos, se encuentra el olvido inexorable. Tratar de borrar la huella de lo que hemos aprendido o vivido, borrar la huella supone convertirla de nuevo en cenizas
Pero existe otro tipo de olvido que el pensador francés llama olvido de lo inmemorial. Se trata de aquello que nunca podremos conocer realmente y que, sin embargo, nos hace ser lo que somos: el “origen”. Cuando nos referimos a la narración, ésta rompe con toda cronología.
La novela que es una autobiografía, al retomar el relato de la historia a partir de un punto de clausura, se presenta una alternativa a la representación del tiempo lineal y se invierte su orden lógico.
Decimos, siguiendo a Ricoeur, del pasado que ya no es, subrayamos su desaparición, su ausencia, pero también decimos que ya ha sido. Entender el olvido como  inmemorial y no como inexorable, es comprender su contradicción aparente, su paradoja. El olvido posee un significado positivo en la medida en que el “ha sido” se impone al  “ya no” en el significado vinculado a la idea de pasado.
Sobre los estratos apilados del olvido profundo y manifiesto, pasivo y activo, se desarrollan los modos selectivos del olvido inherente al relato y a la constitución de una “coherencia narrativa”. Dicho olvido es inherente a la operación de elaborar una trama: para contar algo, hay que omitir numerosos acontecimientos, eventos, incidentes, episodios no relevantes del suceso en cuestión. La memoria es una relación por la cual es preciso elegir entre todo el caudal de información recibido y esa selección, sea o no conciente sirve para la utilización que haremos en la decodificación del pasado.  Pero, como marca Todorov, “…cuando los acontecimientos vividos son de naturaleza excepcional, tal derecho se convierte en un deber: el de acordarse, el de testimoniar”  (Todorov 2000: 18)
En la novela de Alcoba esto se lee al comienzo “Narrar se volvió imperioso” (Alcoba 2008: 12)
Las narrativas son procesos de interpretación de una historia y en este proceso las experiencias personales y grupales son fundamentales. En La casa de los conejos el pasado está simbólicamente construido e interpretado desde el presente, desplegándose en la narración a partir de las palabras, los temas y las formas elegidas por la autora.
Las narrativas no son sólo instrumentos para comunicarles a otros lo que deseamos; son ante todo el modo como le administramos orden temporal y lógico a los eventos, conectamos el pasado con el presente y generamos expectativas sobre el futuro, transformamos devenir en experiencia y sentido, y construimos nuestra identidad. Identidad que en cuanto a la niñez se refiere, en la novela de Alcoba la niña ve perder en el transcurso de su relato:
“¿Cuánto hace que no voy a la escuela? Tres, cuatro meses quizá?. (…) No hay ningún chupasangre cerca de mí pero sé muy bien que debería estar aprendiendo cosas nuevas, y que todos estos días sin escuela me alejan más y más profundamente del resto de los niños y de lo que pasa allá afuera(…) Incluso a aquel patio silencioso y a esas nenas tan buenitas, los extraño también” (Alcoba 2008 : 113)
Es interesante marcar que algunas página atrás, y haciendo referencia precisamente al colegio, se dice “el San Cayetano, donde la policía, al parecer, raramente controla la identidad de los alumnos” (Alcoba 2008: 81)
La identidad nominal de la autora y la narradora-personaje de la novela, se especifica “Laura. Yo sólo dije Laura porque sé que esa es la única parte de mi nombre que me dejan conservar” (Alcoba 2008: 68).
En la novela, la recuperación de la memoria se hace  a través de la construcción de una voz narrativa infantil, que a veces se vuelve confusa mezclándose con la voz adulta,  que enlaza el pasado con el presente en el que se recuerda, como por ejemplo: “Sí, ahora que me esfuerzo en recordar esa escena en casa de mi vecina (…) Oh, yo sé que tuve miedo, ahora lo recuerdo perfectamente” (Alcoba 2008: 68-69)
En estos sucesos que están contados desde una perspectiva infantil, los detalles cobran una dimensión que va más allá de lo cotidiano. Así por ejemplo los conejos que traen para disimular el verdadero sentido de la casa son cada vez más numerosos de igual manera que los periódicos que se imprimen en la imprenta clandestina, el tiempo y los periódicos se reproducen velozmente “Al fondo del galpón, los periódicos se amontonan, apilados cuidadosamente. En paquetes de diez, regularmente agrupados de a cinco, los ejemplares de Evita Montonera  forman extrañas columnas. Por delante del falso último muro, los conejos se multiplican a una velocidad inaudita” (Alcoba 2008: 74-75). Tanto son los conejos que a Laura se le escapan de las manos y debe hacer un gran intento por sujetar al que Diana se propone matar.
También debemos destacar, con respecto al tiempo, las dos tensiones que aparecen; la una la que se genera entre la espera y la prisa, ya que en la introducción la narradora  escribe que esperó  treinta años  para contar la historia por temor a los reproches e incomprensión de los sobrevivientes, y por otro lado está el apuro por escribir, de ponerle fin a la larga espera.  Y la espera también pertenece al pasado y se relaciona con la promesa de la niña de guardar silencio aún ante posible “torturas” “No voy a decir nada. Ni aunque vengan también a casa y me hagan daño. Ni aunque me retuerzan el brazo o me quemen con la plancha. Ni aunque me claven clavitos en las rodilla, yo, yo he comprendido hasta que punto callar es importante” (Alcoba 2008: 18), la promesa de callar está ligada al recuerdo que, como dijimos más arriba, durará  treinta años en quebrar por la necesidad de hablar, quebramiento que a su vez también desmiembra la lógica del trauma. Se recuerda para poder empezar a olvidar.
El título de la novela en francés es Menàges, que significa en español carrusel, podemos relacionarlo con el episodio de la calesita, ese dar vuelta temporal  (aquí y allá) y espacial de la novela, ese acordarse y no hacerlo “Todo sucedió ayer, dicen, pero yo no recuerdo. O bien ya no puedo recordarlo” (Alcoba 2008: 67) Es la fantasía infantil la que quiere parar el tiempo que gira rápidamente como la calesita de la plaza, pero el efecto de detenerlo dura apenas unos segundos. “Por la sola presión de mis párpados consigo hacer que el mundo retroceda y a veces, incluso, aplastarlos contra el fondo luminoso (…) Muy rápidamente, todo vuelve a inflamarse y tomar cuerpo y el libro de luz en que me hallaba desaparece”. (Alcoba 2008: 30)
Pero una vez que esa niña se convierte en adulta puede apropiarse de esos recuerdos, puede comprimir los sucesos y volcarlos al papel de manera duradera, como escritora de su propio testimonio.

La Historia y la Memoria. Posibles relaciones:
Ricoeur señala que en algunos  casos parece existir un exceso de memoria, y en otros, sin embargo  su ejercicio resulta insuficiente. Esto se debe a la fragilidad de la identidad, tanto personal como colectiva. Los abusos de la memoria tienen que ver  sobre todo con los trastornos de la identidad de los pueblos.  Todorov, y en esto coincide con Ricoeur, marca el error de asimilar los conceptos de memoria y olvido  “Hay que recordar algo evidente: que la memoria no se opone en absoluto al olvido. Los dos términos para contrastar son la supresión (el olvido) y la conservación (la memoria) la memoria es en todo momento y necesariamente una interacción de ambos” (Todorov 2000: 15/16) La tarea de la memoria es elegir los recuerdos y no como si fuese la “memoria” de una computadora conservar toda la información, cosa que sería por demás, aterrador.
Los historiadores, marca La Capra, no han elaborado una manera aceptable de utilizar los testimonios de las diferentes víctimas. Esto lo señala por medio del ejemplo que da de los dos sobrevivientes del holocausto (Helen K. y León S.) que pasaron por experiencias similares pero cada uno incorpora esa vivencia de forma diversa y a veces hasta antagónica.
Entonces, es a partir del concepto de experiencia, que La Capra retoma el tema de la memoria. Dado que la memoria es parte importante de la experiencia, el problema de la relación entre historia y memoria es una versión abreviada del problema de la relación entre historia y experiencia.
La Capra plantea la necesidad de transformar a las víctimas en agentes ético-políticos, es decir, en ciudadanos activos, en sujetos que puedan ir más allá de la repetición dolorosa y extremadamente individual y aisladora (asocial) de sus traumas, que puedan participar, como protagonistas quizás, en formas colectivas del recuerdo, desde las cuales poder construir nuevas formas de convivencia, nuevos tipos de relaciones sociales y una nueva configuración socio-política.
La propuesta de La Capra, incorporando la noción freudiana de trauma, es repensar no solo las iniciativas políticas o de la sociedad civil de recordar el pasado doloroso y conflictivo involucrado en acontecimientos históricos traumáticos, como serían los tipos de conmemoración y de memorialización existentes en la actualidad, sino también permitir volver sobre las metas y objetivos de las distintas aproximaciones que desde la psicología se orientan a trabajar sobre los efectos de traumas históricos, ya sea a nivel individual o colectivo.
Siguiendo a Ricoeur sabemos que el uso de la memoria puede verse impedido en el individuo por diferentes patologías psíquicas, estos fenómenos psicológicos ayudan a comprender las patologías sociales del uso de la memoria. Freud estudió los obstáculos principales en el camino de la rememoración: los recuerdos traumáticos que no podemos asimilar, como la muerte de un ser querido, y mostró cómo opera el duelo en la aceptación de lo irreparable y en el reconocimiento de que el objeto de nuestro amor ha dejado de existir y solamente podemos recuperarlo y llevarlo en el recuerdo.  Si bien la interpretación meramente psicológica de la historia es reductiva, y pierde lo esencial, en un sentido por lo menos analógico se puede hablar también de traumatismos colectivos de la memoria, o de una memoria colectiva herida. Pero esta transposición de categorías propias de las patologías psíquicas de la memoria adquiere una significación mayor en tanto se la puede vincular a esa constante estructural de la historia y de la existencia política, que son los efectos de la violencia.
Jorge Jinkis coincide con La Capra en que la memoria se recupera por medio de relatos que si bien podrán se fallidos, esto no implica que carezcan de verdad.
Por otro lado aclara que no hay una política de la memoria que no suponga una violencia, es posible llamar memoria al retorno en el presente, un retorno indeseado e involuntario, de lo que rechazamos o negamos de nuestro pasado. En la producción de esos agujeros de nuestra historia ya hay involucrada una violencia, la memoria lo es también de los atentados que ella sufre. La memoria tiene un valor sintomático: algo de lo que no queremos saber nada llega  para importunar nuestro presente. La memoria tiene un lazo estrecho con la violencia, la sufre y también la ejerce.
El comienzo de una nación, su individuación histórica, muchas veces glorificada, encuentra siempre anudada la guerra o la violencia y la memoria. Podemos pensar que Violencias de la memoria significa entonces que la memoria es memoria de una violencia.
El trabajo de la memoria en un análisis no reside en rescatar los hechos de un pasado perdido, sino en apropiárselo y permitir su reintegración en nuestra historia. Lo determinante no es el pasado, sino la relación que se mantiene con él. Lo que Jinkis sugiere es que esto sea válido para el individuo, pero también en la historia de un pueblo.
Sin embargo, estas palabras, negación, olvido, adquieren otro valor de uso si las referimos a ciertos sucesos históricos.
El pasado que se rechaza sigue vivo y en un sentido es inolvidable. La memoria, en cambio, como reintegración del sentido que tiene nuestro pasado, permite un cierto olvido. Así como no se puede olvidar por decreto, tampoco se puede legislar sobre la memoria. Respecto del mismo hecho, hay una multiplicidad de memorias. Y el historiador tiene el trabajo de contar cómo se fueron construyendo. Pero eso también afecta a la historia. El pasado no es idéntico a sí mismo y la historia es una obra en movimiento que lo resignifica continuamente.
Ricoeur se posiciona a una distancia equidistante entre aquellos que defienden  la memoria  especialmente con los sucesos que se dieron a partir de la Shoá como Dori Laub y Shoshana Felman, citadas por La Capra, y aquellos que se inclinan por posicionarse a favor de la historia como P. Nora. Para Ricoeur debe existir una posición que no subordine la memoria a la historia sino que entre las dos haya una dialéctica distinguiendo en primer lugar una narrativa de primer orden propia de los testigos y otra propia de los historiadores que sería de segundo orden y que desarrolle un papel crítico con el que podría desenmascarar a los falsos testimonios. 
Se podría pensar a la historia desde el nivel social en paralelo con el rol del psicólogo a nivel individual, permitiendo superar diferentes patologías por medio del duelo o la rememoración.
Por su lado Jinkis señala que el siglo XX no solo conoció las más terribles matanzas y genocidios, sino también las formas más brutales de hacer desaparecer los documentos y testimonios, desde el ocultamiento y la destrucción de los cuerpos hasta la quema de libros. Pero si nos alejamos de la consideración de sucesos devastadores, no parece que haya que hacer una condena indiscriminada de la violencia. En el plano social y político, difícilmente los cambios significativos se produzcan sin violencia. Y también en cualquier otro campo de la acción humana. Eso es bastante evidente en el ámbito del arte; el creador rompe con normas preestablecidas, y el quiebre que niega una tradición es también un modo de reconocerla.

A manera de conclusión
Este trabajo intentó hacer un recorrido sobre algunos puntos todos relacionados con la memoria, el olvido y la historia, el recordar y rememorar. En la novela de Alcoba hay un capítulo que consideramos marca qué es el efecto de la memoria. La narradora adulta recuerda la primera vez que sus padres caen presos y el engaño (¿o deberíamos decir “embute”?) de los abuelos es una suerte de mentira piadosa: decirle que los padres están en Córdoba. La protagonista niña sabe que la ausencia no tiene que ver con el trabajo sino con una visita hace algunos años a Cuba. El nombre que le da a la muñeca que sus padres le regalan una vez que se reencuentran con ella, rito que permanecerá a los largo de la historia toda vez que se produzca un reencuentro, contiene el efecto que tiene sobre ella la memoria, “aunque sé que Córdoba no tiene nada que ver con esa historia, yo la llamo `mi sirenita rubia´ cordobesa” (Alcoba 2008: 31) .Como dijimos anteriormente, en el testimonio no tiene que haber necesariamente veracidad histórica, sí experiencia y decodificación de los hechos vividos.


Bibliografía:

Alcoba, Laura  La casa de los conejos, Buenos Aires, Edhasa. 2008

Jinkis, Jorge “El origen sangriento de la memoria”, “La partera de la historia tiene ayuda”, “La memoria en el museo” en Violencias de la memoria, Buenos Aires, Edhasa. 2011

Dominick La Capra “Testimonio de Holocausto: La voz de las víctimas en Escribir la historia, escribir el trauma, Buenos Aires, Nueva Visión. 2005

Lythorgoe, Esteban  “Consideraciones sobre la relación historia-memoria en Paul Ricoeur” Revista de Filosofía del campus de la Cátedra

Ricoeur, Paul “El perdón difícil” en La memoria, la historia, el olvido, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. 2000

Todorov, Tzvetan Los abusos de la memoria, Barcelona, Paidos. 2000

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